La princesa que veis tumbada en su cama con dosel es la Princesa Gris. Su historia comienza hace trece años, cuando conoció a un aprendiz de pintor de la corte al que llamaremos Espina Clavada. En aquella época, la princesa, pese a ser muy joven, guardaba ya un luto riguroso por un amante africano que había huido con una prostituta del puerto. Un día, mientras paseaba por los pasillos fríos del castillo, llorando desconsoladamente por la traición de su primer amor, se encontró con Clavada. Ella no lo reconoció hasta muchos años después en una carta a la Princesa Fosforia, pero todo lo que leyó en sus ojos verdes aquel día hizo que se enamorara de él al instante y que deseara quitarse no solo el negro del luto sino el blanco de su ropa interior…

- ¡Aurora!
- Lo siento, princesa.

Como iba diciendo, ella entonces no sabía nada. Estaba obsesionada con el olor a cereza del tabaco de pipa de él. Clavada lo estaba con su vientre, que acariciaba incesantemente. Después de su primera noche, él se prometió con la Princesa Lagarta. A Gris le pilló por sorpresa. Es cierto que sabía que su amante africano era para ella lo que la Princesa Lagarta era para él, pero no esperaba tanta precipitación. Sin embargo, aceptó a Lagarta como amiga y les dio su bendición. Pese a todo, había encontrado a alguien con el que tenía un vínculo que no había tenido con nadie y no iba a perderlo por nada del mundo. Obviamente todo este asunto terminó como el rosario de la que escribe. La relación entre los tres echaba chispas. Gris y Clavada seguían siendo muy amigos, algo que Lagarta no veía con buenos ojos. Por otra parte, Gris también sabía que ella le era infiel pero no era capaz de decírselo. Nuestra princesa se volvió loca y se ventiló a todos los aprendices de pintores de la corte…

- ¡Aurora!
- Sí, sí, lo siento, princesa.

Gris enterró su vientre, el olor a cereza y el recuerdo de sus manos para siempre. Lo último que vio de él, de nuevo, fueron esos ojos verdes que volvían a hablarle, pero ella los ignoró. Se quedó ciega de tristeza. Emigró al norte y volvió a enamorarse, esta vez del príncipe Querubín, pero no salió bien. Antes había habido otros, pero no tan importantes. Su visión regresó en el momento en que volvió a ver a Clavada doce años después, pese a que los médicos pensaban que su ceguera se debía a la sífilis…

- ¡Ya basta!
- Lo lamento, lo lamento.

La princesa se pregunta si se puede seguir queriendo a alguien de la misma forma después de tantos años. Si es posible retomar una relación en el momento en que se quedó como si no hubiera pasado el tiempo ni todo lo que pasó. Porque algo así le está pasando. Vuelve a pensar en el tabaco de cereza y en sus manos. Él la quiere como siempre la ha querido. Es el primer hombre en mucho tiempo que le ha ofrecido viajar a Escocia sin necesidad de coger un globo. “Se puede ir en barco”, le ha dicho. Y quiere ir con ella. Sin reproches. ¡Cómo echaba de menos a este hombre! Pero…

- La princesa tiene miedo, Aurora, mucho miedo.
- Lo sé, niña, lo sé…